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La sociedad decente que Chile merece

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«Es anormal vivir para trabajar y no trabajar para vivir; es anormal que las personas no confíen en su Estado y que finalmente Chile no haya sido capaz en estos últimos 25 años de transitar hacia una sociedad solidaria…»

Para los habitantes de los países más desarrollados del mundo -sobre todo los que cuentan con los más altos índices de desarrollo humano- es impensable no tener asegurada una pensión justa y digna a la hora de jubilar. Lo normal en las sociedades desarrolladas es que la jubilación sea precisamente un momento de júbilo, de tiempo libre, de viajes, de estar con los nietos.

 

En Chile vivimos una situación totalmente anormal porque, al revés de los países desarrollados, jubilar en Chile es triste y envejecer es hacerse pobre. Esto porque tenemos un sistema de pensiones que se basa en el individualismo y no -como en todos los países de alto desarrollo humano- en la solidaridad intergeneracional.

De manera gráfica, se podría señalar que la apuesta chilena de crecer sin equidad nos ha vuelto un país gordo, pero no un país sano y donde resulte ameno vivir. Somos un país al revés.

Otro ejemplo. En las sociedades desarrolladas, lo normal es que las personas sientan la seguridad de que se pueden enfermar, porque las personas tienen derecho a enfermarse y es casi inevitable no hacerlo, más en la vejez. En esas sociedades, el Estado se hace cargo, y con altos estándares de calidad, de un derecho considerado universal. Pero en Chile, cuando una persona se enferma se vuelve pobre y se siente sola, porque en efecto lo está. Es ella frente al mercado -su isapre-, en condiciones disminuidas. Dejar solos a los enfermos es indecente y anormal en todas las sociedades del mundo, menos en Chile.

Es demasiado larga la lista de situaciones anormales e indecentes en que viven los chilenos y chilenas: es anormal que las mujeres ganen menos que los hombres por hacer un mismo trabajo; es anormal que los horarios de trabajo y los tacos en las calles no permitan a los padres estar con sus hijos y de esta forma participar de su educación y crecimiento; es anormal vivir con tanta contaminación por años, sin que exista realmente un plan de descontaminación estructural; es anormal que la canasta básica de alimentos y los libros sean tan caros y que tengan el mismo IVA que bienes de lujo; es anormal vivir para trabajar y no trabajar para vivir; es anormal que las personas no confíen en su Estado y que finalmente Chile no haya sido capaz en estos últimos 25 años de transitar hacia una sociedad solidaria, no benevolente, sino solidaria. Son muchos los aspectos que en Chile parecen inalcanzables, pero que son la normalidad en las sociedades desarrolladas.

Si los empresarios viven de lo que pagan sus clientes, ¿es normal que algunos de ellos los engañen y que la legislación permita abusos en los cobros? ¿Es normal que algunos rectores dueños de universidades sean también sus propios rentistas y se vuelvan millonarios?

El famoso «es legal, pero ilegítimo e inmoral» se ha vuelto pan de cada día en este Chile lleno de situaciones indecentes. Si hasta el mercado funciona al revés en Chile. No es la oferta la que fija la demanda. En Chile hay dueños de grandes empresas que se coluden para fijar los precios al pollo que usted se come, al medicamento que usted se toma y al aceite con que usted fríe.

Los chilenos y chilenas tienen que entender que las sociedades desarrolladas primero definieron valores comunes sustentados en la solidaridad y decencia, y solo después construyeron un modelo económico y social que les permitió ser naciones desarrolladas. Primero aprendieron a respetar a sus vecinos, a los del asiento en la micro, al del auto de al lado, al del banco del colegio. Decidieron privilegiar el bien común por sobre el bien particular. Optaron por la solidaridad por sobre el individualismo y, a través de ello, se propusieron construir un Estado y un mercado que dignificaran a las personas, no que abusaran de ellas: una sociedad decente.

Esa es mi visión de lo que debiese ser un Chile progresista y el horizonte que guiará el actuar de mi futuro gobierno. No son medidas revolucionarias. Son cambios simples y, llanamente, humanos.